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lunes, 2 de febrero de 2009

RICHARD RORTY; EL PRAGMATISMO Y LA FILOSOFÍA COMO GÉNERO LITERARIO. Por Adolfo Vásquez Rocca

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Richard Rorty Pragmatismo por Adolfo Vásquez Rocca

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Prof. Dr. Adolfo Vásquez Rocca

In memoriam R. RORTY
[1931 - 2007]




Hace algunos años cuando dicté mi primer Seminario de Postgrado acerca de Richard Rorty tuve algunos estudiantes inscritos, otros como alumnos libres en calidad de «turistas-curiosos» ante la expectativa de algo no muy corriente: un filósofo norteamericano, más aún, un férreo opositor a la política de Bush, nacido en una familia trotskista, defensor de la literatura como fuente de una ética colectiva.

Desde el comienzo Rorty me pareció un pensador de una honestidad poco frecuente en la Filosofía, que además de un inigualable estilo (se puede llegar a discutir si Rorty es o no el pensador más importante de la actualidad, pero es indiscutible que es el mejor escritor filosófico surgido desde Bertrand Russell) poseía un atípico sentido del humor, propio del ironista, alguien capaz de distanciarse de sí mismo y no tomarse demasiado en serio.

Así, con Rorty descubrí un nuevo estado de ánimo en la Filosofía. Con él se inauguraba una actitud postpesimista, así como una renovada disposición al debate transparente y frontal, una invitación al diálogo interdisciplinario genuino, a la discusión crítica y al desarrollo de un pensamiento original e independiente, «al aire libre» —por decirlo de alguna forma— como condición de la higiene y buena salud de la Filosofía. Así con Rorty —me pareció— la Filosofía podía salir del marco hermético de ciertos departamentos universitarios, aislados y emplazados como sociedades secretas, con sus propias retóricas, sus propios ritos de iniciación e incluso sus propios santones.

Rorty rescató a la filosofía de sus limitaciones analíticas y la devolvió a preocupaciones centrales tocantes a las formas de organizar la convivencia en una comunidad política, como entablar diálogos con gente en apariencia no sólo diferente, sino hostil a las posiciones en que nos encontramos instalados en la vida.

Para Rorty, la convergencia entre pragmatismo y mentalidad norteamericana radica precisamente en esto y opera sustituyendo «las nociones de “realidad”, “razón” y “naturaleza” por la noción de “futuro humano mejor”». Según esta interpretación posmoderna, Dewey y en general el pragmatismo, ya sea «clásico» o contemporáneo, no creen que exista un modo de ser real de las cosas, sino sólo descripciones más o menos «útiles» del mundo y de nosotros mismos. Útil para crear un futuro mejor.

El pragmatismo (o neopragmatismo) que Rorty contribuyó a difundir ha permitido recuperar la idea de una filosofía norteamericana, de un modo norteamericano de encarar las cosas, desde una «nueva» perspectiva, definida por su desapego a la metafísica y por oposición a las corrientes filosóficas de la «vieja Europa» como el positivismo, la filosofía analítica y la fenomenología.

El pragmatismo, en este punto, puede sintetizarse como un rechazo por la noción de verdad objetiva. La verdad, para el pragmatismo, es circunstancial, aunque no completamente relativa sino resultado de un acuerdo o convención. Esta filosofía critica también la idea de una racionalidad ahistórica, capaz de definir de antemano el carácter de lo que es moral y de lo que no lo es, y finalmente rechaza la pretendida «objetividad» de los hechos y de las explicaciones que de ellos nos forjamos. Ahora, lo que está todavía en cuestión es en qué medida las aspiraciones del pragmatismo puedan corresponderse con las efectivas prácticas políticas y tecnocientíficas que identifican hoy a lo norteamericano. De hecho, Rorty mismo da cuenta de esa incertidumbre.

Es necesario por tanto abandonar la pretensión de «conocer» la realidad para preguntarse lo único verdaderamente concreto y útil: «¿Podemos mejorar nuestro futuro?». En el fondo lo importante es la esperanza de crear un mundo nuevo para que nuestros descendientes puedan vivir en él con «más posibilidades y libertad» que lo que hoy podemos imaginar. Ésta es la razón por la que Dewey insiste en el hecho de que la búsqueda de un conocimiento seguro debe ser sustituida por el reclamo a la imaginación. Aquí radica, en opinión de Rorty, todo el espíritu «americano»: «uno debe dejar de preocuparse por si lo que cree está bien fundado y comenzar a preocuparse por si ha sido lo suficientemente imaginativo como para pensar alternativas interesantes a las propias creencias actuales».


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Richard Rorty por Adolfo Vásquez Rocca


Rorty, fue profesor de Filosofía en la Universidad de Princeton, hasta que desilusionado con la mezquindad intelectual de las cátedras de filosofía, renunció a la suya para ocupar el puesto de profesor de Humanidades en la Universidad de Virginia, y es precisamente el antiesencialismo y el antifundamentalismo —esto es la renuncia a toda pretensión de poseer un método o una posición privilegiada para acceder a la «verdad»— lo que está en la base de esta renuncia. Rorty concluyó su larga carrera académica mudándose a la cátedra de Letras de Stanford, en 1998. Allí llegó a ser un profesor muy querido por colegas y alumnos, sus cursos estaban siempre atestados de jóvenes estudiantes ansiosos de oír a este deportista de la buena fe y del buen tono, cosa tan poco habitual en las implacables arenas del debate intelectual contemporáneo. Rorty admiraba profundamente a las personas, prestaba atención a sus alumnos, amaba la literatura con pasión y gozaba profundamente de su trabajo.

Rorty optó por situar a la filosofía junto con la crítica literaria, la poesía, el arte y otras formas de las así llamadas humanidades y yo que por aquel entonces me integraba a un Departamento Universitario de Artes y Humanidades no pude sino terminar prestando atención a este intelectual atípico, lleno de entusiasmo pese a los más de 70 años que llevaba a cuestas y la carga de ser el último pensador norteamericano.

Rorty, gracias a su formación en la tradición de la filosofía analítica angloamericana y su vinculación con el pensamiento centroeuropeo, lograba como ningún otro filosofo contemporáneo convocar a estudiantes con intereses diversos, desde la analítica dura a la literatura y la poesía. Para él, integrar diversas corrientes en sus investigaciones filosóficas le resultaba natural, estaba particularmente dotado para resistir ante la amenaza constante que acecha a toda filosofía (desde dentro) de convertirse en ideología, en una militancia totalitaria y sesgada. Rorty, en cambio, concedía a sus ideas el carácter de modestas descripciones, provisorias y contingentes, aún cuando se esforzaba por seducir a sus interlocutores, jamás rozó el dogmatismo ni hizo adoctrinamiento ni proselitismo de lo que ya se dejaba entrever como una Filosofía de nuevo cuño, un nuevo estilo de encarar las cosas, lo que luego vendría a ser el neo-pragmatismo, donde hablar del mundo —más allá de toda ingenuidad realista— vino a ser simplemente valerse de las metáforas favoritas de uno para realizar un arreglo del mundo, para construir una narrativa exitosa, una que funcione, estamos, no hay que olvidarlo, ante el heredero de la tradición pragmatista norteamericana. Rorty desde este suelo ha dialogado con las grandes corrientes filosóficas contemporáneas, desde la filosofía analítica a la teoría crítica, y con sus grandes autores, desde Martin Heidegger hasta John Rawls.

Rorty realizaba además una atractiva apuesta por la literatura como fuente de una ética de la solidaridad, apuesta que refrendó con su biografía, la misma que acaba de cerrar su última página con su fallecimiento en la Universidad de Stanford hace poco más de un mes, el pasado 8 de junio, a los 75 años.


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Lo que sigue es la transcripción de un artículo que fue publicado originalmente en el Nº 27 de Revista Philosophica —publicación oficial del Instituto de Filosofía de la Pontificia Universidad Católica de Valparaíso.


Rorty: el giro narrativo de la ética
o la filosofía como género literario


I

Rorty nació en Nueva York, en 1931. Fue profesor de filosofía en la Universidad de Princeton hasta que en 1983 renunció a su cátedra de filosofía para ocupar el puesto de profesor de Humanidades en la Universidad de Virginia y posteriormente el de Literatura comparada en Stanford. Dicho cambio profesional no es ajeno a sus tesis sobre el papel de la filosofía. Rorty rechaza la filosofía como una búsqueda privilegiada de fundamentos. En este sentido se sitúa, por una parte, en la línea que entronca con el pragmatismo americano, especialmente en la tradición de Dewey; y por otra, en la línea de la filosofía postnietzscheana de Wittgenstein y Heidegger que retoman el impulso poético como camino a la reflexión y, finalmente, entronca con la crítica de filósofos como Quine, Sellars y Davidson al esencialismo y al dogma del representacionismo.

Richard Rorty parte en Contingencia, ironía y solidaridad [1] de la contingencia del lenguaje, del yo y de la comunidad liberal. Basándose en la actitud wittgensteiniana desarrollada por Davidson, Rorty afirma la historicidad del lenguaje. El lenguaje y la cultura europea no son más que una contingencia, en expresión de Rorty el resultado de «miles de pequeñas mutaciones». [2]

Precisamente lo que los románticos expresaban al afirmar que la imaginación, y no la razón, es la facultad humana fundamental era el descubrimiento de que el principal instrumento de cambio cultural es el talento de hablar de forma diferente respecto del «mundo» y sus instituciones, más que el talento de argumentar bien. El cambio de «juegos de lenguaje» y de otras prácticas sociales puede producir seres humanos de una especie que antes nunca había existido.

Este último «método» de la filosofía es igual al «método» de la política utópica o de la ciencia revolucionaria (como opuesta a la política parlamentaria). El método consiste en la redescripción de nuevas «formas de vida», hasta que se logre crear una pauta de conducta lingüística que la generación en ciernes se siente tentada a adoptar, haciéndoles así buscar estas nuevas formas de conducta no lingüística: por ejemplo, la adopción de nuevo enfoque científico o la conformación de nuevas instituciones sociales. Sugiere que, por ejemplo, podríamos proponernos dejar de hacer ciertas cosas y comenzar a hacer otras. Pero, como debe advertirse, no se trata de argumentar en favor de esa sugerencia sobre la base de los criterios precedentes comunes al viejo y al nuevo juego del lenguaje. Pues en la medida en que el nuevo lenguaje sea realmente nuevo, no podrá haber tales criterios.

De acuerdo con esta estrategia, no habrá de ofrecerse argumentos en contra del léxico que nos proponemos sustituir. En lugar de ello se intentará hacer que el léxico que preferimos se presente atractivo y deseable, mostrando el modo en que se puede emplear para describir nuevos «modos de ser humano» o de organizar la convivencia.

Es en este contexto que, para Rorty, se da una férrea concatenación entre verdades —léxicos— y «formas de vida», de suerte que si hay verdades es porque hay lenguajes y si hay nuevos lenguajes habrá nuevos tipos de seres humanos. La verdad, como reinvención del mundo, depende de los léxicos, de la construcción de nuevas ficciones, esto es, de léxicos que no pueden ser sino construcciones de los seres humanos. Según esto no poseemos una conciencia prelinguística a la que el lenguaje deba ajustarse, no tenemos una percepción profunda de cómo son las cosas, lo que tenemos es simplemente una disposición a emplear el lenguaje de nuestros ancestros, a venerar los cadáveres de sus metáforas.


El lenguaje cobra aquí una importancia capital. La ciencia, así como la ética, aparecen en Rorty como un género literario y la literatura como un género de investigación. Entre los enunciados de hecho y los enunciados de valor no hay ninguna distinción absoluta e independiente de acuerdos históricos y contextuales de los seres humanos, ni tampoco entre la verdad y la ficción.

Por ello el que Rorty haya aceptado la solicitud de la Universidad de Stanford para enseñar literatura comparada no constituye un cambio sólo académico, sino fundamentalmente programático, una declaración de principios. Ya en la Universidad de Virginia enseñó, la mayor parte del tiempo, filosofía no-analítica (Nietzsche, Heidegger, Derrida, etc.) a estudiantes de literatura que eran los que mayoritariamente leían sus libros.

Para Rorty no tiene mayor relevancia el hecho de que le hayan llamado para ocupar un puesto en la especialidad de literatura comparada y no en la de filosofía; como mucho muestra el abismo entre la filosofía no-analítica y la analítica en los departamentos de filosofía de las universidades norteamericanas.

Rorty propone así realizar una eliminación de la distinción entre géneros, pensar el conjunto de la cultura, de las ciencias exactas a la poesía como una actividad única, continua y sin fisuras, en la que las divisiones sean sólo practicas, institucionales y pedagógicas. [3]

En el concepto de Rorty no hay ni jerarquía ni diferencia radical entre las disciplinas o géneros discursivos, tanto en las así llamadas humanidades como en las ciencias positivas. Una y otra componen un todo de continuidad en el cual es necesario poner la filosofía, la poesía, la novela, la crítica literaria, la sociología, el ensayo, la mitología, la historia y las ciencias en general, incluidas las ciencias matemáticas y naturales. Todo ello es «juego de lenguaje» o de prácticas sociales variadas y diversamente relacionadas.

Rorty ha sostenido en reiteradas ocasiones que la dedicación a la literatura en muchos aspectos es más importante que la dedicación a la filosofía. La literatura es más importante en un aspecto muy concreto, esto es, cuando se trata de conseguir un progreso moral. La literatura contribuye a la ampliación de la capacidad de imaginación moral, porque nos hace más sensibles en la medida en que profundiza nuestra comprensión de las diferencias entre las personas y de la diversidad de sus necesidades. La filosofía es útil cuando se trata de resumir en principios los resultados de la propia comprensión moral, pero no es de gran ayuda en la ampliación de esta comprensión. Las reflexiones filosóficas sobre cuestiones de moral no han contribuido mucho a la eliminación de la esclavitud; al contrario de algunas narraciones sobre la vida de los esclavos.

Así Rorty sostendrá que es en realidad la literatura, y no la filosofía la que puede promover un sentido genuino de la solidaridad humana, esto a partir de la lectura de novelistas como Orwell y Nabokov. Se busca la descripción ya no de formulaciones abstractas, sino de experiencias humanas concretas, como el dolor o la traición, las que al ser compartidas, generen la necesaria empatía desde la cual se geste la solidaridad y la compasión.

Este proceso de llegar a concebir a los demás seres humanos como «uno de nosotros», y no como «ellos», depende de una descripción detallada de cómo son las personas que desconocemos y de una redescripción de de cómo somos nosotros. Ello no es tarea de una teoría, sino de géneros tales como la etnografía, el informe periodístico, el drama documental, el cine y, especialmente, la novela. Ficciones como las de Dickens o Richard Wright nos proporcionan detalles acerca de formas de sufrimiento padecidas por personas en las que anteriormente no habíamos reparado. Ficciones como las de Henry James o Nabokov nos dan detalles acerca de la crueldad de la que somos capaces y, con ello, nos permiten redescribirnos a nosotros mismos. Esa es la razón por la cual la novela, el cine y la televisión poco a poco, pero ininterrumpidamente, han ido reemplazando al sermón y al tratado como principales vehículos del cambio y del progreso moral.

La razón literaria, en la medida en que es una razón «estética», es una razón «sensible» al sufrimiento del otro o, en otras palabras, es una «razón compasiva».

Sin una imaginación literaria no es posible conmoverse ante el mal. La educación sentimental y literaria busca formar individuos que sean capaces de indignarse ante el horror. La razón educativa desde el punto de vista literario es una razón perturbadora, es una razón sensible a la humillación del otro. Vivimos en un tiempo en el que la razón instrumental (medios-fines) amenaza con imponerse. Esto todavía resulta más relevante con la aparición de la moderna ciencia económica, que, junto a su principal instrumento técnico, la estadística, se ha convertido en la ciencia social por excelencia.

La realidad es inseparable de la ficción porque es inseparable del lenguaje o de los lenguajes, de la palabra o de las palabras y de los silencios. La realidad es inseparable de la ficción porque vivimos en un «mundo interpretado», un mundo que muda y acerca del cual realizamos múltiples redescripciones.

La filosofía no hace más que mostrarnos la contingencia de nuestros relatos —el hecho que dependen de prácticas sociales compartidas— y facilitar una conversación con otros. Es más un género literario, una novela en serie, que una disciplina que permita que sus cultores accedan a una realidad que quedaría más allá de la historicidad de las prácticas compartidas.

En términos de Bloom, esto no es otra cosa que la conciencia de que las convicciones más profundas que uno tiene son el resultado de un logro poético y creador del pasado. A ello se añade el reconocimiento de que nunca habrá un último poema, nunca un final del proceso de confrontación con la historia. Siempre habrá espacio para la creación de sí mismo, pero ninguna creación de sí mismo puede ser ratificada por algo que se halle fuera de ella.

La Ética se constituye como reflexión y disciplina precisamente porque la razón humana es incierta, porque los seres humanos estamos conviviendo en un mundo interpretado, en un universo simbólico, en el que todo lo que hacemos y decimos se eleva sobre un horizonte de provisionalidad.

En el giro narrativo de la Ética propuesto por Rorty se asume, pues, que no existe ninguna instancia metateórica que legitime sus enunciados, ningún punto de vista trascendental, ningún metaléxico, ningún dogma que consiga escapar a las figuras de las que nos servimos para construir sentido.

II

Rorty, cabe aclarar, no se limita a sostener que el único logro de la literatura sea la sensibilización ante las necesidades de otros seres humanos, lo que sería en última instancia una reducción de la misma a la calidad de mero instrumental. Sus logros son muy diversos y sería imposible hacer una lista completa de sus funciones. A veces, las obras literarias cumplen la misma finalidad que los proyectos de sistemas filosóficos: por ejemplo, Kafka y Orwell desarrollan algo así como una «visión del mundo», son creadores de sentido, aunque nadie los calificaría como filósofos.

Los novelistas y poetas amplían nuestro lenguaje usando metáforas o parábolas que después, en algún momento, se convierten en giros establecidos. En este aspecto específico, la filosofía es conservadora y tremendamente sobria, mientras que la poesía es radical y exploradora. Cuando los filósofos declaran: «Nosotros tenemos argumentos razonables, los poetas no los tienen», de hecho están diciendo: «Nosotros nos dedicamos a aquello que ya está sobre la mesa». Los poetas pueden replicar a ello: «Sí, pero nosotros, en ocasiones, ponemos algo nuevo sobre la mesa». [4]

Rorty se instala así en el proyecto de la filosofía como metáfora. Donde ésta viene a ser «el punto de crecimiento del lenguaje». Según Rorty la metáfora permite concebir el espacio lógico como ámbito de la posibilidad. A este respecto es que Nietzsche puede ser considerado como precursor de la posición rortyana, a saber, la de la indisoluble unión entre creación de metáforas y constitución de verdades. En varios pasajes de sus obras, pero sobre todo, en un pequeño escrito: Sobre Verdad y Mentira en sentido extramoral (publicado póstumamente en 1903), Nietzsche ha sostenido, como lo hará Rorty posteriormente, que la fuente original del lenguaje y del conocimiento no está en la lógica sino en la imaginación. En la capacidad radical e innovadora que tiene la mente humana de crear metáforas, enigmas y modelos: «¿Qué es entonces la verdad? Una hueste en movimiento de metáforas, metonimias, antropomorfismos, en resumidas cuentas, una suma de relaciones humanas que han sido realzadas, extrapoladas y adornadas poética y retóricamente y que después de un prolongado uso, un pueblo considera firmes, canónicas y vinculantes. Las verdades son ilusiones de las que se ha olvidado que lo son; metáforas que se han vuelto gastadas y sin fuerza sensible, monedas que han perdido su troquelado y no son ahora ya consideradas como monedas, sino como metal». [5]

Estos supuestos dan la clave de la respuesta de Nietzsche a la pregunta por el impulso a la verdad. El hombre es un animal social y ha adquirido el compromiso moral de «mentir gregariamente», pero con el tiempo y el uso inveterado «se olvida [...] de su situación [...] por tanto miente inconscientemente y en virtud de hábitos seculares y precisamente en virtud de esta inconsciencia [...] de este olvido, adquiere el sentimiento de verdad». [6]

Debe recordarse que aquí mentir ha dejado de ser algo que pertenezca a la moralidad y se convierte en «desviación consciente de la realidad que se encuentra en el mito, el arte y la metáfora». Mentir, en el terreno de la estética, es simplemente el estímulo consciente e intencional de la ilusión.

Nietzsche nos desconcierta al sugerir que «lo que llamamos “verdades” son sólo mentiras útiles». La misma confusión se halla ocasionalmente en Derrida allí donde, de «no existe una realidad como la que los metafísicos han tenido la esperanza de descubrir», se infiere que «lo que llamamos “real” no es en realidad real». Con tales confusiones Nietzsche y Derrida se exponen, en opinión de Rorty, a la objeción de inconsistencia autorreferencial, es decir, de que declaran conocer lo que ellos mismos declaran que no es posible conocer.

Esta necesidad de metáfora Nietzsche la extrapola a todos los campos del quehacer humano, tanto los del saber como los del lenguaje. Convirtiéndose así en un impulso fundamental del hombre, aún cuando esté produciendo conceptos para la ciencia. «...conocer es simplemente trabajar con la metáfora favorita de uno... porque la construcción de metáforas es el instinto fundamental del hombre».

Estamos pues, con Nietzsche y Rorty, instalados en un nuevo tipo de razón. La «razón narrativa».

La metáfora permite una nueva visión, una nueva organización del universo, un nuevo orden, pero lo realmente nuevo son las asociaciones que permiten ese nuevo orden. Inventar una metáfora es crear asociaciones nuevas, es inventar nuevos modos de ser hombre y de organizar la convivencia, así dar lugar a una metáfora es crear sentido, abrir un lugar, convertir la vida en una «faena poética».

La explicación que, por su parte, Freud da de la fantasía inconsciente nos muestra de qué modo es posible ver la vida de todo ser humano como un poema; o, más exactamente, la vida de todo ser humano no tan oprimida por el dolor que sea incapaz de adquirir un lenguaje ni tan hundido en el trabajo que no disponga de tiempo para generar una descripción de sí mismo. De ahí que se diga, como lo expresa Rieff, que Freud democratizó el genio dando a cada cual un inconciente creador. Freud nos mostró que la imaginación —nuestro talento ficcional— pertenece a la constitución misma de la mente, que ésta es, en un sentido fundamental, una facultad productora de poesía [7]. Freud nos enseñó a ver toda la vida como un intento de revestirnos de nuestras propias metáforas. Las explicaciones psicoanalíticas de los sueños o de las fantasías tienen por objeto revelarle al propio sujeto de estas cuál es el sentido secreto acerca de su propia existencia que estas «metáforas» comportan. Toda realidad exige ser descifrada de un modo tan nuevo como nueva es la forma de presentarse la realidad en cada momento [8] , de ahí que la razón que la descifre habrá de se una razón creadora. [9] Freud, ve así, toda vida como un intento de revestirse de sus propias metáforas.

Rorty reconoce en Freud el mérito de haber introducido, de haber hecho visible y aceptable la idea nietzscheana de la verdad como «un ejército móvil de metáforas», estableciendo esta idea como un verdadero a priori del habla empírica, como un lugar común de la cultura.

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Richard Rorty por Dr. Adolfo Vásquez Rocca

Freud, incluso más aún que la de Proust, fue la mentalidad mitopoética de nuestra era; fue tanto nuestro teólogo y nuestro filósofo moral como nuestro psicólogo y principal hacedor de ficciones [10]. Podemos empezar a comprender el papel de Freud en nuestra cultura concibiéndolo como el moralista que contribuyó a desdivinizar el yo haciendo remontar la consciencia a sus orígenes, situados en las contingencias de nuestra educación.

Lo extraordinario de la concepción freudiana, según cabe notar, es su afirmación de que nuestro «yo» inconciente no es un animal mudo, retraído y tambaleante, sino más bien la vigorosa contraparte de nuestro «sí mismo» conciente, el posible interpelador de nuestro «yo». Esta idea de que hay una o más personas astutas, expresivas e inventivas operando detrás de la escena —guisando nuestros sueños, disponiendo nuestras metáforas, tramando nuestros sueños, disponiendo nuestros deslices y censurando nuestros recuerdos— es lo que cautiva la imaginación del lector profano de Freud. Como señala el propio Freud, si el psicoanálisis se hubiese limitado a las neurosis, nunca habría atraído la atención de los intelectuales.

Así, según la interpretación rortyana de Freud, su obra nos permite construir narrativas más ricas y verosímiles porque cubren todas las acciones que realizamos en el curso de nuestra vida, incluso las acciones absurdas, crueles y autodestructivas. Freud nos ayudó en el intento de articular semejante narrativas, un intento que no minimiza la contingencia de nuestros relatos.

De allí que para Rorty sea indiferente el objeto o suceso articulador de las explicaciones con que intentamos dotar de sentido al mundo y a nuestros hechos, el entramado del mundo no necesita ser una ciencia positiva, filosóficamente es irrelevante si el mundo está poblado por objetos duros o blandos, más aún, es filosóficamente inesencial que esté poblado; de ahí que Rorty, epistemológicamente democrático, considere todos los objetos que pueblan el mundo, desde los quarks hasta las instituciones democráticas, simétricamente, sin distinciones epistemológicas entre objetos «duros», los de la ciencia, y objetos «blandos», los de las humanidades, que legitimen la jerarquía entre los saberes. Todo objeto, sea un átomo o el teatro de Beckett, es como un número; no hay nada que saber sobre él excepto las infinitas relaciones que mantiene con otros objetos. En este sentido, «desde un punto de vista abiertamente pragmatista, no hay una diferencia importante entre mesas y textos, protones y poemas. Para un pragmatista, todas estas cosas son simplemente permanentes posibilidades de uso, y por consiguiente, de redescripción, reinterpretación y manipulación». [11]

Es en razón de este «panrelacionalismo» que se impone la recontextualización; si la única «esencia» de cualquier elemento es la de encontrarse en relación contingente y holística con los demás, la de formar parte de un contexto cambiante que es lo que le otorga, como sucede con el signo saussuriano, significación; la recontextualización, esto es, la modificación, el retejido quineano de las relaciones y contextos previos, aparece como el medio más apropiado, primero, de concebir toda investigación, de alterar, segundo, las relaciones heredadas por la tradición con un cambio radical de posición de los elementos, con la creación de un nuevo contexto en el que subsumir lo familiar o con la incorporación de nuevas instancias que cambien y aumenten el espectro de relaciones que afrontamos. La recontextualización sustituye la metafórica de la verticalidad por la metafórica de la amplitud.

Si vemos la indagación intelectual a la manera de una redescripción a gran escala consciente y deliberada, la ciencia pasará a ser vista como la empresa caracterizada por una meta; la inclusión de un número cada vez mayor de datos que haga posible la formulación de descripciones más útiles de la realidad. En moral, la recontextualización se mueve con el fin de aumentar la simpatía, la incorporación de nuevos grupos humanos al pronombre «nosotros» que aminoren la exclusión. En uno y otro caso el «criterio de validez» de los vocabularios es la capacidad inclusiva que ostentan, y no su presunta aproximación a la naturaleza del mundo o del hombre. Frente a los espacios lógicos inalterados, que no admiten ningún nuevo candidato a creencia, el caso de las matemáticas, se alzan los contextos gobernados por la imaginación, en los que la irrupción de metáforas e invención de neologismos ocupan el papel principal. Reordenar el material previo implica, frente a la inferencia y deducción, propias de la epistemología, la puesta en acto de la imaginación y la inventiva, la restauración de las virtudes que el romanticismo reivindicó como contrapunto a la dominante soberanía de la matriz cartesiana.


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Universidad Andrés Bello Dr. Adolfo Vásquez Rocca UNAB


NOTAS:

[1] RORTY, Richard, Contingencia, ironía y solidaridad, Paidós, Barcelona, 1991.

[2] RORTY, Richard, Contingencia, ironía y solidaridad, Paidós, Barcelona, 1991, cap. 1 “La contingencia del lenguaje”.

[3] RORTY, Richard, Objetividad, relativismo y verdad, Ed. Paidós, Barcelona, 1996.

[4] RORTY, Richard, Filosofía y futuro, Ed. Gedisa, Barcelona, 2002

[5] VAIHINGER, La voluntad de ilusión en Nietzsche, en: Teorema, 1980.

[6] Ibid.

[7] «La teoría psicoanalítica ha hecho de la noción de fantasía una noción tan fecundamente problemática que ya no podríamos dar por sentada la distinción entre arte y vida».

[8] GOODMAN, Nelson, Palabras, trabajos y mundos, en Maneras de hacer mundos, Visor, La balsa de la Medusa, Madrid, 1990, pp.17 –42.

[9] BLANCHOT, Maurice, Nietzsche et l'écriture en: L´entretien infini, Paris 1969. Hay versión castellana en: Nietzsche 125 años.

[10] BLOOM, Harold, Agon, pp. 43-44; Véase también Kabbalah and Critics, Nueva York, Seabury, 1975, p. 112.

[11] RORTY, Richard, Consecuencias del pragmatismo, Tecnos, Madrid, 1996. pág. 233.

Artículos y (URL's) en Revistas Especializadas sobre Richard Rorty, el Pragmatismo y el Neo-Pragmatismo. Fuente: Biblioteca Cervantes.


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Adolfo Vásquez Rocca, Doctor en Filosofía por la Pontificia Universidad Católica de Valparaíso; Postgrado Universidad Complutense de Madrid, Departamento de Filosofía IV, Pensamiento contemporáneo y Estética. Profesor de Postgrado del Instituto de Filosofía de la Pontificia Universidad Católica de Valparaíso; Profesor de Antropología y de Estética en el Departamento de Artes y Humanidades de la Universidad Andrés Bello UNAB; Profesor asociado al Grupo Theoria Proyecto europeo de Investigaciones de Postgrado UCM. Director de Revista Observaciones Filosóficas http://www.observacionesfilosoficas.net/. Miembro del Consejo Editorial Internacional de la Fundación Ética Mundial de México; Director del Consejo Consultivo Internacional de Konvergencias, Revista de Filosofía y Culturas en Diálogo, Argentina. Editor Asociado de Psikeba, Revista de Psicoanálisis y Estudios Culturales, Buenos Aires; Miembro del Consejo Editorial Internacional de Cuadernos del Seminario - Revista del Seminario del Espacio Vicerrectoría de Investigación y Estudios Avanzados Pontificia Universidad Católica de Valparaíso. Columnista y colaborador permanente en Staff de Revistas y publicaciones españolas, entre las que se cuentan:
A PARTE REI - Revista de la Sociedad de Estudios Filosóficos de Madrid.
NÓMADAS - Revista Crítica de Ciencias Sociales y Jurídicas. Universidad Complutense de Madrid.
EIKASIA - Revista de Filosofía. Oviedo, España.
DEBATS - Revista de Filosofía y crítica cultural, Institució Alfons el Magnànim, Valencia, España.


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Universidad Andrés Bello Dr. Adolfo Vásquez Rocca UNAB



miércoles, 13 de febrero de 2008

RICHARD RORTY, NIETZSCHE Y FREUD; LA CONTINGENCIA DEL YO Y LA MUERTE DEL AUTOR Por Adolfo Vásquez Rocca

Seminario de Rorty
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Protocolo Seminario “Richard Rorty” correspondiente a la sesión del día 25 de octubre del 2005.

Seminario de Postgrado – Instituto de Filosofía, PUCV. Dr. Adolfo Vásquez Rocca
Ver:

R. Rorty: Pragmatismo, ironismo liberal y solidaridad


1.
En la clase el profesor comenzó por referir la teoría nietzscheana de la voluntad de poder. Nietzsche en su obra La genealogía de la moral, específicamente en el primer tratado “Bueno y malvado, “bueno y malo”, establece la diferencia entre dos tipos de hombre: el noble y el plebeyo, vale decir, entre el excelente, que da satisfacción a sus instintos de dominación y el vulgar, como contrapuesto en un sentido fundamentalmente vital al hombre noble de “alma elevada” y, por lo tanto, el que por su intrínseca debilidad es bajo, sencillo, plebeyo. Se dijo que en este estadio precivilizatorio de la humanidad, según el relato de Nietzsche las categorías bueno y malo eran aplicadas a tipos de hombres y no a actos, considerados desde esta perspectiva como el resultado natural que manaba de las fuerzas ascendentes de dominación, o bien de la vileza constitutiva de los débiles y oprimidos. En este sentido, el profesor enuncio la tesis de que así como la obra de Nietzsche Sobre verdad y mentira en sentido extramoral, sitúa a la verdad y la falsedad más allá o más acá de la moral, entendida esta como la moral hoy dominante del cristianismo histórico, así también en La genealogía de la moral Nietzsche sitúa al bueno y al malo (noble y plebeyo) fuera de toda moral, a saber, en el punto germinal y asimbólico, de la historia humana. Por ello, ni el conocimiento ni la moral son para Nietzsche objeto de justificación, sino de sospecha, pues no son datos, sino hechos, cosas hechas relativas a un determinado nivel de juicios o valoraciones dominantes respectivamente.

Nietzsche y la Genealogía de la Moral por Adolfo Vásquez Rocca

De esta regla el bueno o noble y el malo o plebeyo daba a conocer su tipo humano en lo que el profesor denominó sentido deportivo, esto es, vencer sobre la base de la fuerza aun a costa del otro. Así, pues, el concepto de preeminencia social –de dominación– se resolvía siempre sobre la base de la preeminencia anímica. Por ello el sentido (u origen) deportivo de la moral no es otra cosa que el despliegue de las fuerzas corporales de esos hombres aristocráticos dedicados a la guerra, la caza, la aventura, la danza, los juegos de lucha y en general todo cuanto haya implicado un obrar fuerte, libre y con ánimo alegre.

Ante este estado de cosas se fue dando a lo largo de la historia un tipo noble, escaso en número, y un tipo plebeyo, numeroso y gregario, que originó efectivos mecanismos de defensa con objeto de impedir, regular y debilitar las fuerzas ascendentes del hombre aristocrático. Desde este momento comenzó lo que en la narración nietzscheana se denomina la rebelión de los esclavos en la moral, esto es, la transvaloración de todos los valores, por los que el hombre bueno se vio impedido de desarrollar todo su potencial. ¿Pero cuál fue y es el mecanismo usado para corromper las fuerzas afirmativas del hombre noble, cuál el combustible que movió el mecanismo? El mecanismo es la culpa y el combustible la energía reactiva del resentimiento.

Así, pues, los administradores más eminentes de los instintos reactivos: los sacerdotes ascéticos, comenzaron por invertir los valores originales, generando culpa en el hombre aristocrático por medio de la aplicación de la camisa de fuerza moral, con el fin de impedir paulatina y definitivamente la expresión libre de sus fuerzas anímicas. Esta fuerza coactiva sobre el hombre aristocrático terminó por atrofiar sus instintos vitales, con lo que acaeció la inevitable decadencia del tipo general humano.

Adolfo Vásquez Rocca


De este modo se señaló que las verdades, verdades de la moral y de la ciencia no son sino “una hueste de metáforas en movimiento, de metonimias y antropomorfismos”. Las transvaloraciones de la moral son, analógicamente, las metonimias de la ciencia. En este sentido se sostiene la idea de Rorty según la cual no puede haber, no hay, diferencia entre los géneros discursivos, no hay jerarquía entre las diferentes disciplinas. La ciencia, dijo el profesor siguiendo la sospecha genealógica, es un arreglo del mundo en conformidad a particulares intereses morales y vitales. Es una ficción no consciente de ser tal, o bien una mentira de mala fe, que quiere seguir manteniendo los privilegios adquiridos. Pues, “tras el aparente discurrir neutro de nuestra mente lo que late es la voluntad de poder”. La ciencia es, entonces, una interpretación más, el resultado de una pugna de fuerzas que buscan instituir “su versión de los hechos” sobre otras versiones igualmente contingentes. ¿Pero de qué modo la ciencia se ha posicionado en un sitial de prestigio en la cultura occidental actual? A través de la ciencia aplicada y, principalmente, de la tecnología; por lo cual se denominó a los hombre contemporáneos con la expresión de Ortega “señoritos satisfechos”, señores (señoritos, señoritingos) que nacen en medio de una serie de comodidades que satisfacen sus necesidades elementales y complejas, simplificando así su existencia dedicada a una vida de mera comodidad y esparcimiento. Sin embargo, este tipo de señores no son otra cosa que una aristocracia decadente o una pseudoaristocracia de farándula.

Siguiendo esta lectura, se señaló que el método de las ciencias exactas se basa en una hipótesis, en algo que el científico espera que suceda, algo que cree y quiere que suceda. Por esto podemos comparar legítimamente la hipótesis con una esperanza, y a esta con la particular obcecación del investigador, obcecación que conduce, por su falta de miras, a la barbarie del especialismo. Por ello la honestidad de un científico se notará si aplica el método poppereano de falsación, vale decir, si intenta falsear su teoría, si se ocupa de refutar sus propios supuestos por todos los medios válidos, en vez de de aducir argumentos que prueben su tesis. Así, pues, si la tesis científica resiste las acometidas en contra, entonces es altamente probable que sea cierta, o más precisamente, no falsa.

Después de la crítica genealógica de la moral y la ciencia, a través de la analogía establecida entre ambas, se procedió a la lectura de la ponencia del Alumno Jonathan Belmar, que se tituló provisionalmente Hiedegger y Rorty, en la duda de titularlo también Rorty y Hiedegger. Ponencia en la que se ocupaba de interpretar el capítulo III de Contingencia, ironía y solidaridad, La contingencia de una comunidad liberal.

Una vez concluida la lectura de la ponencia, el profesor Adolfo Vásquez Rocca leyó al curso un texto correspondiente a sus investigaciones temáticas de la filosofía de Rorty. El texto se titulaba El yo contingente de Rorty, alusivo al capítulo II de Contingencia, ironía y solidaridad, La contingencia del yo. A continuación presentaré una breve síntesis del texto en cuestión.


Adolfo Vásquez Rocca

El propósito del artículo es la crítica a la noción de sujeto, dando cuanta tanto de lo que hay en la literatura hasta la fecha (Freud, Foucault, Barthes), como del aporte de Rorty a tal problemática, situada en el centro de las controversias y problematizaciones en filosofía.

En el pensamiento contemporáneo ha tenido lugar un acoso sistemático a la noción de sujeto. Se señaló que en el ámbito específico de la conlleva la muerte del autor, vale decir, el fin del autor en tanto principio creador y unificador de la obra de arte. La crítica a la noción de autor reformula las preguntas tradicionales del mismo como figura protagónica, por otras tales como: ¿De qué manera aparece el sujeto en el orden del discurso? ¿Qué posición ocupa? ¿Qué funciones exhibe? Así, bajo esta perspectiva el sujeto es concebido como una función compleja y variable, que difumina la linealidad causal autor-obra (un antes y un después), para situarlo en el entramado del texto, como un acto preformativo más y no como el tradicional regulador de la estética la muerte del sujeto ficción.

Se dijo también que la noción de autor, en tanto creador individual, podía ser situada en el tránsito de la modernidad a la posmodernidad, siendo sólo en el siglo XX cuando la noción se hace insostenible. Dice Foucault que el autor como regulador de la ficción caracteriza a la era burguesa del individualismo y la propiedad privada, consolidada en el siglo XIX y dominante en el siglo XX.

Un ejemplo notable de las relaciones problemáticas entre autor, texto y lector, así como de la crítica a la autoría, es la del poeta chileno Juan Luis Martínez, conocido por querer “emanar una identidad velada” y por la tacha de su nombre en su obra más reconocida La nueva novela. Martínez opera sobre la base de una autoría transindividual e hipertextual, así afirmaba: “El escritor se limita a imitar un gesto siempre anterior, nunca original; el único poder que tiene es el de mezclar las escrituras, contraponer unas con otras, de manera que nunca se pueda uno apoyar en una de ellas” De este modo no hay, no puede haber, una voluntad unificada detrás de los textos.
Se señaló que para Foucault no parece indispensable que la noción de autor permanezca constante en su forma. Él mismo manifestó en El orden del discurso su propósito de: “deslizarme subrepticiamente en el azar del despliegue del discurso…más que tomar la palabra ser envuelto por ella, percatarme de que en el momento de hablar una voz sin nombre me precedía desde hacía mucho” En este sentido se afirmó que los discursos pueden circular sin necesidad de referir a un autor, en un generalizado anonimato como de hecho está ocurriendo en la red. ¿Qué importa quién está hablando?

Foucault y Barthes proclamaron la muerte del autor –hoy susceptible de ser considerada como una transposición facilista– puesto que el sujeto de la escritura es un sujeto vacío. Para Barthes “la escritura es la destrucción de toda voz, de todo origen. La escritura es el lugar neutro…donde acaba por perderse toda identidad, comenzando por la propia identidad del cuerpo que escribe”.

Ahora bien, con todo, se dijo que la muerte del autor responde al proyecto de desubjetivación, que desde Freud intenta eliminar la referencia a un sujeto originario sustentador del sentido del texto, pero no derriba al autor como filtro singular que constituye una obra, no obstante el autor no se reduce a moldear su experiencia personal en la obra, pues los textos ahora se caracterizan por la desterritorialización del yo y la territorialización del texto como tejido en perpetuo urdimiento.

Adolfo Vásquez Rocca

Sigmund Freud y el Psicoanálisis por Adolfo Vásquez Rocca

Así según Rorty es Freud quien aporto el mejor léxico de esta critica. Para Freud la conciencia es una contingencia; como tal tiene límites móviles, pues no está de una vez constituida como se creía en la concepción tradicional, según la cual la conciencia es aquel estado mental permanente en virtud del cual se garantiza la continuidad de la identidad personal. La subjetividad es, para Freud, un mecanismo de emergencia y represión alternativa de la libido dentro del cual la conciencia está en una posición ambigua entre el placer y la destrucción, (entre eros y thanatos) y la normatividad impuesta del super-yo.

Por último el profesor Vásquez Rocca señala que Rorty suscribe a estas ideas freudianas. Para él Freud es el pensador que desdivinizó el yo, al remontar la conciencia a las contingencias de la infancia, de modo que concibió “el azar como digno de determinar el destino”. Rorty señala que “Freud nos ayuda a considerar seriamente la posibilidad de que no haya una facultad central, un yo central, llamado razón, y por tanto a tomar en cuenta el perspectivismo y pragmatismo nietzscheano” Así Freud como nuestro “teólogo moral y principal hacedor de metáforas” nos aporta una nueva y útil redescripción del individuo y la sociedad, un conjunto de metáforas que Rorty cree que en muy poco tiempo estarán definitivamente literalizadas por su patente utilidad.


 Dr. Adolfo Vásquez Rocca
Protocolo o resumen de clases - Pablo Gutiérrez E. sobre una clase del Dr. Adolfo Vásquez Rocca

Doctor en Filosofía por la Pontificia Universidad Católica de Valparaíso; Postgrado Universidad Complutense de Madrid, Departamento de Filosofía IV, Teoría del Conocimiento y Pensamiento Contemporáneo. Áreas de Especialización: Antropología y Estética. Profesor de Postgrado del Instituto de Filosofía de la PUCV, del Magíster en Etnopsicología, Escuela de Psicología PUCV, Profesor de Antropología y de Estética en el Departamento de Artes y Humanidades de la UNAB. Profesor asociado al Grupo Theoria, Proyecto europeo de Investigaciones de Postgrado. Director de la Revista Observaciones Filosóficas http://www.observacionesfilosoficas.net/. Secretario de Ejecutivo de PHILOSOPHICA, Revista del Instituto de Filosofía de la PUCV http://www.philosophica.ucv.cl/editorial.htm, Editor Asociado de Psikeba —Revista de Psicoanálisis y Estudios Culturales, Buenos Aires— http://www.psikeba.com.ar/, miembro del Consejo Editorial de Escaner Cultural —Revista de arte contemporáneo y nuevas tendencias— http://www.escaner.cl/ y Director del Consejo Consultivo Internacional de Konvergencias, Revista de Filosofía y Culturas en Diálogo.

- NIETZSCHE, F., El Crepúsculo de los Ídolos, Alianza Editorial.

- NIETZSCHE, F., La genealogía de la moral, Alianza Editorial.

- NIETZSCHE, F. Sobre verdad y mentira en sentido extramoral , Alianza Editorial.
-SLOTERDIJK Y NIETZSCHE; POSTHUMANISMO, ANTROPOTÉCNICAS Y COMPLEJIDAD EXTRAHUMANA

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Adolfo Vásquez Rocca

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adolfovrocca@gmail.com